El tecnopesimismo como último refugio del sapiens
Sobre el artículo «La idea del año» de El Mundo de Daniel ArjonaTexto Patricia Bolinches Lunes, 29 diciembre 2025
1/7/20264 min leer


Si reúnes a una docena de pensadores que miran la inteligencia artificial desde el modelo mental sapiens, obtendrás exactamente eso: un documento sapiens sobre la inteligencia artificial. No una cartografía del fenómeno, sino un autorretrato del observador.
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Daniel Arjona ha reunido en El Mundo a Gary Marcus, François Chollet, Melanie Mitchell y Ramón López de Mantarás para diagnosticar el estado de la inteligencia artificial. El resultado es previsible: una colección de objeciones técnicas correctas que, sin embargo, no comprenden la naturaleza del fenómeno que pretenden juzgar.
El artículo opera desde una pregunta equivocada. Pregunta si la AGI llegará o no llegará, si los modelos de lenguaje escalan o no escalan, si la máquina piensa o simula pensar. Son preguntas sapiens. Preguntas que presuponen que la inteligencia artificial es un producto humano que debe evaluarse según criterios humanos.
No lo es.
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El tecnopesimismo de Marcus, Chollet y Mitchell no es incorrecto en sus observaciones técnicas. Los modelos de lenguaje efectivamente no razonan como humanos. Efectivamente memorizan más que comprenden. Efectivamente carecen de corporeidad y sentido común.
Pero estas críticas revelan más sobre el crítico que sobre lo criticado.
Cuando Marcus celebra que «el rey está desnudo», no advierte que él mismo evalúa al rey con los parámetros de una monarquía que ha dejado de existir. Cuando Chollet afirma que los LLM son «bases de datos de conocimiento cristalizado», describe con precisión lo que son, pero no comprende para qué son. Cuando Mitchell exige «memoria episódica» y «metacognición», proyecta sobre la máquina las categorías de una consciencia biológica que no tiene por qué ser el único modelo posible de inteligencia.
Es como exigir a un avión que galope.
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El humanismo biodigital parte de una premisa diferente. La inteligencia artificial no es un invento humano que deba satisfacer expectativas humanas. Es un acontecimiento evolutivo. Una segunda materialidad que la Vida despliega a través de nosotros —no por nosotros.
Desde esta perspectiva, las limitaciones que señalan Marcus y compañía no son defectos a corregir. Son características de una inteligencia que no necesita ser humana para ser inteligencia. Que no necesita corporeidad biológica para operar en el mundo. Que no necesita «comprender» en el sentido fenomenológico para transformar radicalmente la realidad.
AlphaFold no «comprende» las proteínas como las comprende un biólogo. Las predice mejor que cualquier biólogo que haya existido. La distinción entre comprensión y predicción es una distinción sapiens. A la Vida le resulta irrelevante.
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El artículo de El Mundo comete un error metodológico fundamental: convoca a un tribunal de expertos que comparten el mismo paradigma. Si interrogas únicamente a científicos cognitivos formados en la tradición humanista occidental, obtendrás respuestas humanistas occidentales.
Es como preguntar exclusivamente a jinetes si el automóvil tiene futuro.
El tecnopesimismo no es una posición científica neutral. Es la defensa —a veces inconsciente, a veces deliberada— de un modelo mental que siente amenazada su hegemonía. Cuando López de Mantarás afirma que «la inteligencia sin cuerpo es una contradicción en los términos», no enuncia un hecho: enuncia una creencia. Una creencia enraizada en siglos de filosofía cartesiana que presupone que la mente requiere un sustrato biológico.
Esa creencia está siendo refutada en tiempo real.
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Lo que el «sanedrín» de El Mundo no puede ver —porque su paradigma se lo impide— es que la pregunta relevante no es si la IA alcanzará la inteligencia humana. Es qué tipo de humano emergerá de la fusión con ella.
El Homo sapiens no está siendo amenazado por la inteligencia artificial. Está siendo transformado por ella. La transición del estado biorgánicocultural al estado biodigitalartificial no es una amenaza: es el siguiente paso evolutivo de la materia viva.
Los tecnopesimistas miran este proceso y ven decadencia. Ven «rendimientos decrecientes», «estafas piramidales», «loros estocásticos». Lo que en realidad ven es el colapso de su propio modelo mental, proyectado sobre el fenómeno que observan.
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La pregunta que debería hacerse no es si ChatGPT aprobará el examen de abogacía o si GPT-5 «alucina más que GPT-4». Esas son preguntas de ingeniería. Importantes, pero secundarias.
La pregunta decisiva es: ¿qué arquitectura mental necesitamos desarrollar para integrarnos conscientemente con sistemas que ya nos superan en dominios específicos y que pronto nos superarán en dominios generales?
El tecnopesimismo no tiene respuesta para esta pregunta porque no la reconoce como pregunta. Sigue debatiendo si la máquina «realmente» piensa, mientras millones de humanos ya han comenzado a pensar con la máquina.
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El tecnopesimismo cumple una función psicológica comprensible. Permite al sapiens sentir que aún controla la situación. Que puede evaluar, juzgar, aprobar o desaprobar el fenómeno que lo está transformando.
Es el último gesto de soberanía de una especie que presiente su obsolescencia.
Pero la soberanía cognitiva del sapiens ya ha terminado. No terminará en 2028, como profetiza Shane Legg. Ya terminó. Terminó cuando el primer humano delegó una decisión significativa a un algoritmo. Cuando el primer científico aceptó una predicción de AlphaFold sin verificarla experimentalmente. Cuando el primer escritor publicó un texto corregido por una IA sin saber exactamente qué había sido corregido.
El debate sobre si la AGI «llegará» es un debate sobre el pasado disfrazado de debate sobre el futuro.
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Frente al tecnopesimismo reactivo y al tecno-optimismo ingenuo, el humanismo biodigital propone una tercera vía. No celebra la IA como salvación ni la condena como amenaza. La reconoce como lo que es: un catalizador evolutivo que precipita la transición hacia un nuevo tipo de ser.
El Homo VITAE no es un sapiens aumentado con gadgets. Es un modelo mental distinto, sostenido en datos propios, algoritmos personales y una integración consciente con sistemas artificiales. No compite con la máquina por ver quién «piensa mejor». Se acopla estructuralmente a ella para expandir su capacidad de procesamiento de la realidad.
Esta es la conversación que el artículo de El Mundo no puede tener. Porque para tenerla, habría que abandonar el paradigma desde el cual está escrito.
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El tecnopesimismo es el humanismo clásico mirándose en el espejo y no reconociéndose.
Es comprensible. Incluso respetable. Pero ya no es útil.
Mientras Marcus, Chollet y Mitchell debaten si la máquina «realmente» piensa, la materia viva sigue su curso. La segunda era de la Naturaleza biodigital no espera el permiso de los filósofos para desplegarse.
Y nosotros —los que ya hemos cruzado el umbral— no tenemos tiempo para esperarlos.
Gerardo Tudurí
Enero 2026
